Y ¿qué cosa es el silencio? Según la RAE, silencio es
la ausencia de hablar o falta de ruido,
y según yo es lo que no tiene sonido.
Muchas veces necesitamos el silencio para dejar de oír lo que nos distrae de lo
que es importante.
Al igual que el sonido, trae el despertar a
la vida, el silencio es necesario para nuestros cuerpos, almas y espíritus. Los
dos conceptos son contrarios, pero están enlazados, precediéndose como tomados
de la mano, ruido-silencio, silencio-ruido.
Que no tenga sonido, no significa que no
comunique nada. El silencio es compás de espera, es el tiempo que transcurre
para tomar decisiones. Sin silencio no existía el ritmo y todo en la vida sería
monótono, sin música y como la televisión en blanco y negro.
El otro día al salir de mi trabajo,
en la oficina al igual que todos los días, al dirigirme al auto, por instantes
pude disfrutar del silencio; mientras caminaba lentamente intentando no mirar
atrás, por si alguien del trabajo me alcanzaba y hacía regresar. Para
mí todos los días, son días de arduo trabajo, como si todos enfrentáramos una
batalla. Al salir de la oficina, me siento como el tanque de la gasolina,
caminando por solo el vapor de la gasolina que se ha consumido hasta no dejar
nada; al llegar al atrio de la iglesia, puedo observar a los que antes de
alejarse se inclinan mirando a la puerta de la iglesia, haciendo señas y
encomendándose a su santo, como agradeciendo que el día de hoy haya terminado,
puede verse a la señora atribulada, que tal vez está enferma y que lucha por
caminar, que llega a humillarse y suplicar esperando una respuesta que tal vez
no encontrará, porque la iglesia está cerrada, tiene horario de oficina, para
evitar los robos y para que el encargado pueda descansar de su trabajo diario. Entonces,
se hace el silencio.
Amo el silencio de los que desciende del transporte
público en la parada que se encuentra a orillas de la calle, entre la iglesia y
el estacionamiento, entre dientes se quejan que ya es tarde para llegar a sus
casas, y otros en sus rostros expresan que no estarán temprano en la escuela. Me
agrada el silencio de las personas que se acercan a sus autos y con un gesto de
cansancio suben rápidamente, pensando que pueden ser asaltados, pagan al
franelero, y con agilidad abren sus coches, subiéndose rápidamente, para decir
adiós solo con una seña de las manos.
Me gusta el silencio que provoca el aire que se cuela
entre las banderillas que corren a lo largo de los árboles que adornan la
iglesia, a veces hasta puedo oír el murmullo de las plegarias que se elevan en
el santuario desde aún oscuro el día. Inclusive en solo segundos, cuando desde las
tres de la tarde todos se han ido, se pueden escuchar los sonidos de los autos
que transitan del otro lado del río. Esos instantes me transportan a otro
tiempo, y desde ese momento por una hora, en la concurrida plaza con sus
fuentes danzantes, donde diariamente los indigentes y perros se bañan, en los
estacionamientos y la cerrada iglesia, casi nadie transita, hasta las empleadas
de la paletería que está a un costado, se reúnen a comer sentadas en la mesa detrás
del mostrador, ya que la clientela se fue. Por 25 años, ha sido así.
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